El mito fue elegido desde Occidente: el del crecimiento económico perpetuo por medio de un sistema digestivo en el que la tecnología es uno de sus componentes más importantes. Sus productos inundaron el mundo, los ecosistemas se convirtieron en insumos y las personas en consumidores. El mito convirtió al planeta en un lugar inhóspito a la vida humana.

Escribo desde una de las periferias de los centros que comandan ese sistema digestivo; uno de los lugares que se resisten a la lógica de su mitología. Desde estos territorios, las resistencias comienzan desde el nombre. Desde aquí, América Latina no es América y tampoco es latina, es más bien Abya Yala —el término, en lengua guna de Panamá, con el que se nombraba al continente desde antes de 1492—. Abya Yala es un territorio constituido por una suma diversa de naciones originarias, comunidades afrodescendientes y sociedades creadas por proyectos amestizantes. En común, esta diversidad está atravesada por una historia de colonialismo pero también de resistencias que están tomando las nuevas tecnologías, no como consumidores, sino como medios para articular las luchas en contra de hegemonías impuestas en el marco de una crisis climática sin precedentes.  

Observados desde las metrópolis, América Latina —con su rezagada generación de patentes e ínfima inversión en desarrollo de ciencia y tecnología— presenta muchos atrasos. Los Silicon Valley del mundo —como un concepto ideológico más que un lugar geográfico— perciben a la región como una receptora pasiva de tecnologías. Pero desde Abya Yala, la narrativa en la que América Latina, más que desarrollar tecnología, recibe aquella que otras regiones del mundo más prósperas han creado, es problematizada. Desde las resistencias, la tecnología puede ser utilizada para fortalecer las autonomías de pueblos y comunidades. Desde Abya Yala, las tecnologías digitales han creado espacios virtuales comunes, tejiendo redes de colaboración sustentable entre las voces subalternas del continente. 

Este trabajo colaborativo de apoyo mutuo tiene un pasado profundo. Para muchos pueblos de México, este se llama tequio (del náhuatl tequitl) o faena, kol, o minga más al sur del continente. Por medio del tequio se han construido escuelas, se han instalado sistemas de agua potable, se han realizado proyectos artísticos y se ha convertido en una estrategia de resolución de las necesidades de la vida cotidiana. Así como la condición abierta del código libre permite un avance conjunto, desde Abya Yala, el trabajo colaborativo del tequio plantea una posibilidad de resistencia y puede dar también una esperanza ante una crisis climática que pone en riesgo la vida humana.

Como en toda lucha, las narrativas hegemónicas —esos mitos que determinan cómo vemos al mundo— necesitan primeramente ser confrontados con una diversidad de historias para evitar lo que la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie ha llamado “el peligro de una sola historia” —en este caso, la que alimenta el mito del sistema digestivo de producción infinita. De esta manera, desde 2008, la Muestra de Cine y Video Wayuu apuesta por mostrar la diversidad de este pueblo originario en lo que hoy se llama Venezuela y Colombia. Este mismo espíritu alienta la plataforma de streaming originada por Vincent Carelli y el pueblo Nambiquara, Vídeo nas aldeias. Este proyecto les da las herramientas necesarias a los pueblos indígenas de Brasil para aprender a hacer cine y contar sus historias en formatos narrativos propios. Su razón de ser, según el realizador y curador de cine wayuu David Hernández Palmar, es “cerrar la brecha digital que existe entre estos pueblos y las tecnologías”. Pero en este contexto, “cerrar la brecha” no solo significa hacer llegar el cine a los wayuu sino también lograr que Abya Yala tienda un puente con la cultura occidental para propiciar diálogos interculturales. 

Si en los casos anteriores Abya Yala ha apropiado para sus usos a tecnologías importadas, en otros se ha adelantado a Occidente en el terreno de su resignificación, entendiendo el efecto tangible que tiene lo digital sobre la realidad. Esto lo vienen apenas descubriendo en Occidente con el anglicismo de las fake news y las contiendas políticas en línea, pero Abya Yala lleva mucho librando esta lucha en los espacios digitales; espacios que replican el silencio lingüístico impuesto desde el mundo concreto. Se calcula que en los próximos cien años, habrá desaparecido hasta el 80 por ciento de las aproximadamente siete mil lenguas del mundo. Mientras tanto, solo se puede acceder al conocimiento digital por medio de solo algunas lenguas hegemónicas como el inglés, el portugués y el español, que silencian los conocimientos de la periferia. Pero contrapropuestas, como la de Activismo Digital en Lenguas Indígenas, están haciéndose escuchar. Esta red de activistas de toda Abya Yala han unido a wikipedistas en diversas lenguas indígenas, desarrolladores de apps y programadores, entre muchos otros. También, colectivos como el creado en la región triqui en el sur de México, han trabajado en conjunto para crear sistemas operativos en su propia lengua. De tal manera, una tecnología apropiada, como el celular o el código, se convierte en una aliada de la resistencia lingüística de pueblos subrepresentados en el espacio digital.

La resistencia tecnológica de Abya Yala se ha extendiendo a la defensa de la soberanía material. En México, el esquema de Tecnología Celular Comunitaria —en el que la comunidad es dueña de su red de telefonía celular, la cual administran económicamente y operan técnicamente— se construye sobre un telón de fondo que comienza a ser arañado. Ser dueños de su propia compañía celular pone en entredicho la frase de la empresa que concentra el 70 por ciento del servicio de comunicación móvil: “Todo México es territorio Telcel”. Desde estas comunidades se responde: no, no todo México es territorio de Carlos Slim, uno de los diez hombres más ricos del mundo. Más bien la apuesta es por una soberanía tecnológica. 

Por último, la tecnología se ha articulado con filosofías colectivas que también se encuentran en resistencia frente a las metrópolis tecnológicas. Rodrigo Pérez Ramírez, mejor conocido en México como Zapoteco 3.0, es uno de los activistas digitales pioneros en lenguas indígenas y forma parte del movimiento Mozilla Nativo. Me relató que había encontrado una alianza natural para su activismo local en lengua zapoteca con el software de código abierto. Como en el caso de Linux, la lógica del software abierto encuentra una feliz correspondencia en la filosofía con la que muchas comunidades indígenas habían creado estructuras de supervivencia a lo menos desde los rigores del régimen colonial: el apoyo mutuo y el trabajo colaborativo. Desde distintos puntos geográficos de Abya Yala, el trabajo colaborativo en estructuras sociales pequeñas que se articulan para tareas mayores en circuito ha sido una tecnología social fundamental. De esta manera, los pueblos indígenas organizados en comunidades pequeñas crearon redes entre ellas para resistirse a pagar tributos u organizar rebeliones contra los abusos cometidos por la Corona española.

Este modo de trabajo colectivo podría funcionar tan bien o mejor como lo hizo en el pasado pero con la mirada hacia el futuro. Al pensarse en el contexto del tequio, en vez de uno de crecimiento competitivo ilimitado, las tecnologías podrían proporcionar una verdadera solución a la crisis climática que enfrentamos. Mientras el llamado “capitalismo verde” deposita su esperanza en que algún invento tecnológico ofrecerá soluciones a esta emergencia ecológica, desde Abya Yala observamos cómo la energías renovables, por mencionar un ejemplo, necesitan también de insumos contaminantes, extraídos violentamente de nuestros territorios, construidos desde el despojo de los bienes comunes. El fenómeno se ilustró en la Muestra de Cine y Video Wayuu con el documental titulado Tatuushi (Mi abuelo) en el que, mediante el canto tradicional, se narra la historia de un anciano que va a la ciudad en busca de comida y a su regreso halla que las empresas mineras asolan su territorio y han destruido su hogar. Ante el despojo, el abuelo opone una plegaria tradicional.

La alternativa que se avizora desde Abya Yala, reside en desenganchar el desarrollo económico y el uso de las nuevas tecnologías del concepto de mercancía y volver a poner la creación y la inventiva tecnológica al servicio del bien común; no del mercado. La tecnología vista como tequio, la creación tecnológica como un bien común y de código abierto del que podemos participar, así como hemos participado de la construcción de nuestra vida en los pueblos colonizados del continente, resistiendo al genocidio y la desaparición. Ante la emergencia climática actual, resulta necesario replantear un desarrollo tecnológico que ponga en relieve la vida digna y no el crecimiento económico infinito como fin en sí mismo; apostar por tecnologías basadas en el trabajo colaborativo más que en la competencia. En esa estrategia los pueblos de Abya Yala tenemos experiencia, una a la que he dado en llamar: tequiología. Si el mundo tan solo adoptara esta visión tequiológica, entonces tal vez podríamos rescatar el trabajo creativo de la nueva tecnología de las garras de un sistema digestivo que fagocita y pone en riesgo la vida humana.